miércoles, noviembre 22, 2006

Esperando al SOL

Era el crepúsculo de la iguana.

Desde la arcoirisada crestería

su lengua como un dardo

se hundía en la verdura,

el hormiguero monacal

pisaba con melodioso pie la selva,

el guanaco fino como el oxígeno

en las anchas alturas pardas

iba calzando botas de oro,

mientras la llama abría cándidos ojos

en la delicadeza del mundo lleno de rocío.

Los monos trenzaban un hilo

interminablemente erótico

en las riberas de la aurora,

derribando muros de polen

y espantando el vuelo violeta

de las mariposas de Muzo.

Era la noche de los caimanes,

la noche pura y pululante de hocicos

saliendo del légamo,

y de las ciénagas soñolientas

un ruido opaco de armaduras

volvía al origen terrestre.

El jaguar tocaba las hojas

con su ausencia fosforescente,

el puma corre en el ramaje

como el fuego devorador

mientras arden en él

los ojos alcohólicos de la selva.

Los tejones rascan los pies del río,

husmean el nido

cuya delicia palpitante

atacarán con dientes rojos.

Y en el fondo del agua magna,

como el círculo de la tierra,

está la gigante anaconda

cubierta de barros rituales,

devoradora y religiosa.


PABLO NERUDA